¡Lo logramos! Después de cruzar un vasto océano, hemos alcanzado el tan anhelado Caribe. Han sido 3.164 millas surcadas en el azul más profundo que jamás hayamos contemplado, y 24 atardeceres que quedarán grabados como los más mágicos de nuestra vida.
Autora: Carmen Dopico, Velero Forquilla

Nunca me había sentido así. El mar es un sabio que te enseña humildad, que te hace sentir como una gota más de su inmensidad y, a la vez, te hace sentir único. Intrépidos navegantes camino a América, pensando en aquellos que pusieron el mismo rumbo años atrás, con la incertidumbre de si llegarían o no a alguna parte y cuándo sucedería, con sus pesados barcos, con sus precarias condiciones… Y nosotros allí estábamos, a bordo de nuestro Forquilla, que a veces parecía un frágil cascarón y otras, el barco más sólido del planeta, deslizándose con un ritmo impresionante sobre las olas.
Pistoletazo de salida
Zarpamos de Las Palmas con la ARC+ el 10 de noviembre, envueltos en la emoción del momento. La música marcaba el ambiente, las voces desde tierra nos deseaban suerte, y 95 barcos más que comenzaban también esta aventura. Nerviosos e increíblemente ilusionados, apuntamos proa hacia Cabo Verde.
Sin embargo, el viento parecía estar de vacaciones y durante las primeras horas apenas logramos avanzar. Al día siguiente, como si el alisio hubiera decidido despertar de su letargo, comenzamos a sentir su empuje constante de 15-20 nudos, regalándonos la verdadera sensación de estar cruzando un océano, en lugar de quedarnos anclados en la cala de al lado.
Las olas, sin embargo, parecían menos organizadas, descontroladas y atacando desde todas direcciones, lo que hizo que los siguientes tres días a bordo fueran incómodos y un tanto caóticos. Afortunadamente, habíamos preparado suficiente comida para cuatro días, lo que nos permitió mantener el buen humor y afrontar con energía las sacudidas del viaje.
Uri y Xabi se turnaban las guardias nocturnas cada cuatro horas, ya que Leo no se sentía seguro quedándose solo con tanto movimiento, y yo me refugiaba en el camarote con él. La vida a bordo fluía con naturalidad, entre risas y sorpresas. Llegamos a ver tres tortugas marinas, pero en medio de tanta emoción, ¡crack! El soporte que sujetaba el piloto automático se rompió.
Por fortuna, el Forquilla cuenta con un segundo piloto automático, gracias a B&G, funcionando en una red independiente. Si no hubiera sido por eso, habríamos tenido que pasar los cinco días restantes al timón, sin descanso. Activamos el segundo piloto y continuamos navegando, aunque lo vigilábamos con frecuencia, ya que su soporte parecía tan frágil como el anterior. Por suerte, resistió hasta llegar a Cabo Verde sin ninguna fisura.
Los últimos dos días de travesía estuvieron marcados por una calma casi desesperante. Cada milla parecía costar más que la anterior, y la impaciencia comenzaba a crecer, especialmente porque teníamos una segunda fecha de salida fijada rumbo a Granada. Además, era imprescindible reparar el soporte del piloto automático y reforzar el del segundo piloto antes de partir. Finalmente, con el tiempo apremiando, decidimos encender el motor para completar las últimas millas, arribando a puerto el 16 de noviembre.
Cautivados por Cabo Verde
Llegamos a Cabo Verde bajo el manto de la noche, con los intensos aromas de la isla inundando rápidamente el barco. Tras amarrar, celebramos nuestra llegada, aunque no fue hasta el amanecer que descubrimos la magia de São Vicente en un tour programado por la ARC+. Nos cautivó un lugar impresionante, con gente amable, acogedora y rebosante de arte en cada rincón: murales que adornaban las paredes, salas de exposición llenas de vida, playas infinitas y, por supuesto, el inconfundible sabor del ron local.
La empresa de reparaciones de la marina estaba desbordada con la llegada masiva de barcos, mientras nosotros esperábamos con impaciencia poner el nuestro a punto. Finalmente, apareció el experto en fibra, un hombre corpulento que, para nuestra sorpresa, no podía acceder al reducido espacio de trabajo.
Por suerte, el capitán del Forquilla conoce cada rincón de su barco como la palma de su mano y tiene el tamaño perfecto, así que con toda la disposición del mundo, asumió la tarea. Guiado por el técnico en un pintoresco portuñol, Uri realizó un trabajo impecable en los dos soportes.
Los días restantes los vivimos entre las vibrantes fiestas de la ARC, tardes en playas paradisíacas, momentos de relax en la piscina y el descubrimiento de la deliciosa gastronomía local, todo mientras crecía en nosotros un deseo imparable de volver a navegar.
Proa a la isla de Granada
Finalmente, el 22 de noviembre soltamos amarras a las 12.00 h, hora local, con 2.200 millas por delante rumbo a la isla de Granada.
Los alisios soplaban suavemente y el mar se mantenía apacible, regalándonos unas condiciones de vida a bordo excepcionalmente cómodas. Aunque avanzábamos con lentitud en los primeros días, el ambiente en el barco era simplemente inmejorable. Juegos interminables, historias compartidas, conversaciones profundas y la maravillosa sensación de perdernos en la inmensidad del océano hicieron de esos momentos una experiencia inolvidable.
Recorrimos la mayor parte de la travesía con la vela mayor desplegada por un lado y un trozo del génova por el otro, sostenida con el tangón, en la configuración conocida como las icónicas “orejas de burro”. También disfrutamos de breves momentos navegando con ambas velas por la misma banda, avanzando en un largo relajado.
El Forquilla mantuvo una velocidad media de 6 nudos, alternando entre pausas serenas de 3 nudos y emocionantes galopes sobre el agua que alcanzaban los 10 nudos. Todo esto, bajo la admirable destreza y firmeza del capitán, quien no perdió el control del barco ni por un instante, que ya sentíamos como una extensión de nosotros mismos desde hacía mucho tiempo.
La cara menos amable del Atlántico
A medida que pasaban los días, el Atlántico comenzó a mostrar su verdadera cara, regalándonos tanto delfines como borrascas, alternando su calma con momentos de bravura. Nos enseñó lo imponente de su naturaleza y no dejó de presumir de su reputación. Sin embargo, en ningún momento nos hizo sufrir ni nos puso en peligro; el miedo no se instaló a bordo.
La primera noche en que el mar se tornó más salvaje, llegaron noticias trágicas de otros compañeros de la ARC. Un tripulante cayó por la borda de noche y se perdió en el vasto océano; otro barco se hundió, y su tripulación tuvo que recurrir a la balsa salvavidas, aunque por suerte pudieron ser rescatados por otros navegantes. Estas noticias nos recordaron la magnitud de lo que estábamos viviendo y la fragilidad de nuestra situación. Nos golpearon con fuerza y caldearon el ánimo a bordo durante varios días.
En aguas caribeñas
Y, de repente, estábamos casi en el Caribe, esa tierra soñada. Habíamos pasado 24 días en el mar, y aunque se dice rápido, vivirlos fue algo mucho más profundo. Los últimos días se alargaban, pero a la vez sentíamos la necesidad de aferrarnos a cada minuto de océano, a cada imagen que se grababa en nuestra retina.
Sin duda, Leo ha sido el que más ha disfrutado de la experiencia. Siempre a nuestro lado, con su energía y su alegría, nos tenía a plena disposición para jugar y disfrutar juntos. Los animales marinos nos visitaban, y los peces voladores hacían su aparición en la cubierta. Fue una experiencia casi mágica, llena de momentos que quedarán para siempre en nuestro recuerdo.
Llegamos a Granada a las 14.30 h, hora local, del 8 de diciembre de 2024, y en ese instante, un sueño se hizo realidad. Cada vez que lo pienso, los ojos se me llenan de lágrimas de emoción. Ha sido, sin lugar a dudas, la mejor experiencia de nuestras vidas, y lo mejor de todo es que este viaje apenas está comenzando.
¡Seguiremos informando!
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